Muelas del Pan

      Mis maestros de escuela en Muelas del Pan:


         Ya he hablado en alguna ocasión sobre las escuelas de mi pueblo y sus maestros y maestras. A los y las que me referiré son los que dieron sus clases en las escuelas viejas. Entiéndase  por escuelas viejas las que estaban al lado de la Peña del Alba, no las viejas del Barrio de la Era, estamos hablando de los años 50-60.

 Mis recuerdos son bastante parcos en este aspecto, por lo que la nebulosa de mis estampas de la infancia han de ser, forzosamente, también muy reducidas.

Sí está en mi memoria lo que llamaban la plaza o corral de las escuelas. Esta plaza o corral tenía mucha importancia, pues es allí donde gozábamos del recreo y aprovechábamos para jugar, tanto los niños como las niñas.

Las niñas solían jugar al corro chirimbolo qué que bonito es…; a los cromos y otras cosas propias de niñas. Los chicos jugábamos a las vistas, al monte, al  pídola cordón y a solventar algunos problemas con las vueltas si alguien te mojaba el carrillo. La verdad es que nos lo pasábamos bomba, pero ahora no quiero hablar de los juegos sino de los maestros que conocí y esto con la única intención de que los chicos de ahora sepan en que consistió la enseñanza en las Escuelas Nacionales.

 Entre los años 1952 y 1957, (cuando las necesidades de la familia no me lo impidieron), asistí a esas escuelas, a partir de ese año y con trece que yo tenía emigré a tierras catalanas. Hubo muchos maestros después, pero yo nos los conocí.

Al principio estaban Don Ignacio y Doña Carmen. Después estuvieron Don Paco y Don José. Este último apenas lo conocí, pues fue el maestro de los que nos seguían en edad. De Doña Carmen no puedo contar nada, ya que era la maestra de las niñas, yo sólo puedo hablar de mis maestros y de cómo fue la enseñanza entonces en mi caso concreto.
En un día cualquiera de escuela se solía entrar a las 10 de la mañana, hora en que se habría el centro. Si Don Ignacio se retrasaba, cosa poco común, alguien tenía la llave y los chavales se rezagaban un poco, pero tan pronto Don Ignacio asomaba por la calle del transformador cada cual corría a su pupitre o al banquillo junto a los ventanales, (los que estaban en las primeras rayas). Cuando llegaba todos nos poníamos de pié. A continuación creo que solíamos cantar algún tipo de himno patriótico y ya, después de sentados a cada grupo les indicaba la lección del día. Primero empezaba por las rayas primeras, después por las rayas segundas y terceras, después les tocaba a los del grado elemental, luego a los del primero y a continuación los de segundo. Llegaba la hora del recreo y a retozar un rato. Cuando el recreo se acababa les quedaba el turno a los de tercer grado que eran muy pocos.

Estos libros que he indicado eran los únicos por entonces que había en las Escuelas Nacionales de Muelas del Pan. Es decir, teníamos ocho años para aprender las rayas primeras, segundas y terceras; para aprender el grado elemental el primer grado, el segundo grado y el tercer grado. En fin, que aprendíamos a leer, escribir y las cuatro reglas que eran todo un compendio universitario. Todo este material estaba elaborado por el Sr. Álvarez, un maestro de Ceadea de Aliste y, la verdad, es que estaba muy bien elaborado. El problema fue que en todo su conjunto era insuficiente el contenido en conocimientos para afrontar la vida que se nos avecinaba, pues en España a raíz del Plan de Estabilización a finales de los años 50’ comenzaron a cambiar muchos las cosas y hubo que cambiar el arado por la actividad fabril en donde con las cuatro reglas no se llegaba a ninguna parte.


Mi primer maestro, Don Ignacio

Según me han contado Don Ignacio Bollo, que tal era el nombre, procedía de la tierra de los campusinos que es el pueblo de Villalcampo. En su juventud debió de cuidar el ganado, pero como era muy estudioso siempre iba leyendo libros mientras lo apacentaba. Sucedió que en España tuvimos la maldita Guerra Civil. En ella miles y miles de maestros no afines al bando Nacional fueron desafectados de la enseñanza, pero como las escuelas debían disponer de maestros se elaboraron, más o menos ad hoc. Probablemente Don Ignacio sería una de ellos, pues no me consta que estudiara en ninguna universidad por la que sí habían pasado los maestros de la República.
Esta, quizás, fuese la causa de que el nivel de enseñanza era bastante ínfimo. Sin embargo, y en el caso que nos atañe, Don Ignacio nos enseñó cuanto sabía y no hubiéramos salido mal si todos hubiésemos aprovechado todo cuanto él quiso que aprendiéramos.

Era más enseñante moral que maestro, pues siempre nos daba consejos y decía que para aprender, cuando no se puede ir a la universidad por falta de medios, hay que ser autodidacta porque la calle y la vida son una real universidad siempre que se capte lo positivo de ellas.

Llegó un momento que tuvo que retirarse por la edad y emigró a una ciudad de los arrabales de Barcelona con casi toda su familia.

Una vez, al menos, fui a visitarle y le dio muchísima alegría. Me pregunto por muchas cosas, pero, principalmente por si había seguido sus consejos. Le dije que los practicaba y las lágrimas afloraron a sus ojos.

Ya nunca más lo volví a ver, pero todavía lo recuerdo venir por la calle de la Peña del Alba con su gorra visera y su abrigo, sobre todo cuando paso por las cercanías.


Mi segundo maestro, Don Paco

Don Paco era mucho más severo que Don Ignacio. No recuerdo haberlo visto nunca reír y le caracterizaba el llevar un brazalete negro sobre la manga de su chaqueta. No sé si era un símbolo ideológico o un sentimiento de luto, pero el tiempo en que asistí a sus clases lo llevaba.

En las clases bien se guardaban los niños de cuchichear o hacer ruido, pues podía caer algún golpe de regla a la mínima.; en el recreo, cuando se asomaba a la puerta íbamos todos corriendo como corderitos. Si alguno se atrasaba sabía que tendría castigo.

En realidad yo asistí muy pocas veces a las clases de Don Paco de la Escuela Nacional. Sin embargo a mis padres les debió de removérseles la conciencia un tanto y en el año 1957, invierno y primavera, asistí a sus clases particulares. Pagaban mis padres por 50 pesetas, (no si a la semana o al mes). Debo decir que en estas clases particulares, a las que asistían entre diez y doce niños, fueron muy provechosas y Don paco se empleó a fondo y nos exigía trabajar. En esos meses aprendí los rudimentos del álgebra y de la trigonometría. También nos obligaba a la lectura para lo cual se valía de un manuscrito llamado Manuscrito de Europa con diversos tipos de letra a mano. Este manuscrito era, en general, biografías de los grandes talentos europeos por lo que no solamente aprendíamos a leer la letra manuscrita que después nos fueron muy útiles a los que lo leímos. Entre esas biografías, a título de ejemplo, estaban la de Walter Scott, Alfred Nóbel, Watt y otras muchas que yo ahora no recuerdo.


Don José

Don José fue para mí un maestro efímero, pues no sé si asistiría a más de tres clases con él. Me parece recordar que era tímido y que los chavales se le subían a la chepa. En cuanto a su capacidad como maestro no la puedo juzgar. Si me acuerdo de él, más que nada, fue porque años después en Barcelona lo reconoció un primo mío y estuvimos charlando con él sobre cosas del pueblo.


Otras escuelas

Bueno, pues mis maestros fueron los arriba indicados. Ya he dicho que en Muelas del Pan había las Escuelas Nacionales, de niños y niñas. Pero había otras escuelas, por ejemplo las escuelas del Campamento del Esla que se inauguraron por aquellos años; la escuela de Doña Floriana en el Barrio de El Teso y en alguna casita del Barrio de Toledo otras dos señoritas daban también clases. Los chicos mayores del campamento los llevaba y traía un autobús diariamente y estudiaban en Zamora capital.

Por supuesto durante mi tiempo de escolar sucedieron muchas anécdotas, pero eso lo dejaré para otro día.

 

Autor: Luis Pelayo Fernández



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