Muelas del Pan
     Tascas y otros establecimientos de Muelas del Pan en el tiempo :


            A través del tiempo ha habido muchos establecimientos de todo tipo en Muelas del Pan. Este pequeño resumen trata, solamente, de recordar aquellos que están en mi memoria por diversas circunstancias. Todo este resumen va a situarse entre los años 1950 y 1995, pues desde entonces para acá todo ha sido una gran decadencia y ya nada se abre y sí todo se cierra.

            Por los años 1950 existía, todavía, el estraperlo, que era una manera de facilitar determinados bienes a precios no estipulados por las autoridades. Escaseaba el aceite, que iba racionado, el tabaco que había que adquirirlo según la cartilla, el pan que iba milimetrado o, mejor dicho, por gramos. Era la España de la miseria como consecuencia de la reciente guerra fraticida.

            Muelas del Pan no escapó a todas estas pobrezas, sino que allí se vieron acrecentadas como consecuencia de “La Obra”, una presa de grandes dimensiones en su época que atrajo a cientos y cientos de obreros con salarios misérrimos que carecían de pan, de aceite, de tabaco y de otros aspectos esenciales.

            Hubo gentes que se enriquecieron con el estraperlo. Hubo cientos de niños que se morían faltos de atención médica y de alimentación adecuada que no podían substituir los médicos. ¡Cuanto jarabe y cuantas tonterías para substituir ése hambre! Era raro el día en que no había un entierro de algún niño-niña como consecuencia de la falta de nutrición u otros medios. Pues bien, a pesar de todo allí había tascas donde el vino y otros licores corrían a raudales.

            Empezaremos por la Tasca de Filomena que se encontraba en la Plazuela del Tío Aureliano. Una plazuela en la que vivían cuatro familias, por eso la llamamos plazuela. Podemos denominar a las familias que allí vivían. Los Aurelianos, Los Manzanales, los padres e Esperanza y su familia y Filomena con su tasca. Un poco más allá, hacia la salida de La Calleja de las Escuelas vivía Pepe El Ferruje. La otra calle que quedaba enfrente eran las traseras de Filomena, el Tío Emeterio y las traseras del Tío Tomasín.

            La tasca de Filomena era de lo más atractivo. Según entrabas tenía el mostrador en forma de ele hacia la izquierda y algunas mesas hacia la derecha de la puerta de entrada. Aparte de la cantidad de vino que vendía tenía galletas de coco y anís. Como el bar o tasca solía estar lleno, sobre todo por las tardes, la gente llenaba la plazuela. Antes de que los obreros llegaran, la plaza solía ser de solaz para los niños y en ella jugaban a los castros. Bueno, hay muchas anécdotas de la Tasca de Filomena, pero como hay muchas más, no queremos entretenernos en centrarnos solamente en ella.

            A pocos metros, simplemente atravesando la calle, y bajando por unas escaleras, se encontraba “El Estanco” o “Tasca de Lisardo”. Era un lugar sumamente frecuentado por su calidad de estanco. Lo primero que se veía al entrar en esta tasca era un buzón de correos a la izquierda bajando un par de peldaños. De frente una escopeta de cazador. Al fondo y a la derecha la cocina;  también al fondo la entrada a la sala de juegos donde había un billar y, la vivienda propiamente dicha, estaba frente a la entrada de juegos en el piso superior.

            Hemos dicho que esta tasca de Lisardo era el estanco. Muchos niños como yo iban allí a buscar la ración de tabaco de sus padres que solía ser un “cuarterón” o una cajetilla de “caldo de gallina”. Muchas veces fui allí y la señora de Lisardo, que era muy socarrona, me decía: “Pues hoy no hay caldo porque no hemos matado la gallina”. Cuando yo ya me marchaba decía: espera un poquito que creo que me caldo de ayer, pero déjalo, llévale este paquete a tu padre”. Yo salía, todo confuso, y le decía a mi padre: mire que no tenía caldo de gallina, pero me ha dado este paquete de tabaco para Vd. Mi padre se reía de mi inocencia y me decía que no me preocupara, que otro día tendría caldo la estanquera.

            Había en El Estanco un cartel que metía miedo, mejor dicho, dos carteles. Uno decía “Se prohíbe la blasfemia” y otro “reservado el derecho de admisión”. Algunas veces venía la Guardia Civil y toda la gente se ponía firme incluso los que estaban medio cocidos.

            Tengo que decir que los gestores de El Estanco eran amigos de mi padre y yo amigo de sus hijos por lo que siempre para mí fue un lugar entrañable.

            Si seguimos por la calle abajo, que creo se llama la Calle Traviesa, que es un poco estrecha y tortuosa, nada más salir del estanco quedaban a la izquierda las puertas carreteras del Tío Cudín, dentro de las cuales estaba el corral con muchas vacas y, más abajo, la casa de los Gatos. Atravesando una calle en la cual vivía el Tío Barrabás y pasando ya la casa  del Tío Apagavelas,  de frente a la cas del Tío Bonifacio, estaba la tasca de mi padrino Lobo, llamada Bar lobo. Era esta una tasca grande. Parecía un salón de baile. Allí había un futbolín, muchas mesas, una sala de bautizos, la cocina y un corral bordeado de peñas y una higuera. Yo solía ir allí con mis amigos, pues mi padrino me dejaba jugar al futbolín y me enseñó a meter goles arrastrando. Fui, junto con un hermano mío campeón de Barcelona en la modalidad de arrastre en una futbolinera de Las Ramblas gracias a sus enseñanzas.

            Bien esta tasca, como todas las del pueblo en aquella época, se llenaba por las tardes cuando los trabajadores salían de La Obra. Se llenaban casi todas las mesas y la barra se ponía a tope.

            No obstante, lo que más recuerdo de la Tasca del Tío Lobo era lo muy bien que me trataba, no solamente porque me dejaba jugar al futbolín gratis, sino porque me daba la mejor colación el Día de Reyes. La culebra de colación más grande del pueblo era la mía. Le añadía un serillo con toda clase de cosas y nunca faltaba la botella de cerámica de Anís Cazalla. Ese mismo Día de Reyes me invitaba a un chupito de anís y su señora, la, Sra. Asunción, me daba una galleta de coco y un rebojo. Ya para entonces subía yo calle arriba mostrando mi colación y era la envidia de los demás niños del pueblo.

            Al lado, siguiendo la Calle de la Iglesia, en dirección contraria a la parroquia, estaba la Tasca de los Cereros. No sé porqué la llamaban así, probablemente porque hacían cirios en algún momento. Yo recuerdo esa Tasca porque el patrón mataba los cabritos que vendía mi padre. Era, también, un bar bastante grande y también se llenaba. Había gentes para todos los bares. Sus hijos eran amigos míos por razones de edad y la familia era amiga de padre.

            Siguiendo la calle arriba, se pasaba la carnicería del Tío Avelino, se dejaba a la derecha la herrería del Tío Manolo y, un poco más allá, se llegaba a la tasca de Rafael. Esta tasca era tasca y, además, como una especia de mercado. Allí compraba la gente vivo a granel, allí se vendía el aceite racionado y allí solía ir el Tío Rey, uno de los últimos alfareros de Muelas del Pan, a jugar la partida. Mucho antes de entrar se sabía si el Tío Rey estaba allí o no, pues siempre daba puñetazos en la mesa y andaba siempre con El Copón a cuestas. En los últimos años el hombre ya andaba un poco encorvado, no tanto, quizás por la edad, sino por el peso del Santo Copón.

            El Tío Rafael era el secretario del juzgado y allí se han inscrito la mayor parte de los matrimonios del pueblo durante décadas. Era un hombre sufrido y no solía enfadarse, pero a veces, con los chavales, sí se enfadaba si estos daban guerra. La Tasca del Tío Rafael ha sido la tienda predilecta por la mayor parte de las gentes del pueblo y ha estado abierta hasta hace escasos años. Un poco más arriba de la Tasca del Tío Rafael se encontraba fragua del Sr. Juanito.

            Nos salimos de la Tasca del Tío Rafael y nos vamos a la Tasca del Manco. Hay muy pocos metros de distancia. En la época que hablamos habremos de hacer un pequeño recoveco y pasar por delante de la Frutería del Tío Tanorro, aquel que vendía granadas y naranjas de sangre que tanto gustaban a los chichos por pocas perras. Se pasa la Plazoleta de los Maestros y ya estamos en la Tasca del Tío Manco. Es un bar con un poco de pendiente. Tiene la barra a la derecha, la cocina al fondo y el merendero un poco más allá. La rigen el Tío Manco y la Sra. Flora. Ella una gran cocinera donde se comían muy buenas chuletas, (quien las podía pagar). Como bar lo solían frecuentar todo tipo de gente, incluso los chavales. Ambos eran muy amables, aunque era más amable, según mi recuerdo, la Sra. Flora. Esta tasca estaba en la ruta obligada de todos los bebedores y no se podía esquivar. Ésta, junto con la de Rafael era la predilecta de los chicos mozalbetes.

            Dejamos a la Sra. Flora y nos vamos por la Calle de Sacramento y nos metemos en la Tasca de José-María el Perragorda, (desconozco porqué se llamaba así al propietario que de la familia de Los Pachacos), un hombre amable y dicharachero que se llevaba muy bien con los mozos, quizás porque en aquella época él también era joven. Esta tasca está junto al moral y al laurel de Manolito. Tenía el mostrador a la izquierda según se entraba, una habitación a la derecha y los chicos solían pedir porrones con un poco de gaseosa y “cacagüeses”. Después de salir del Manco y Rafael, allí acababan sus horas y más de una curda solían cogerse.

            Saliendo de la Tasca de José-María el Perragorda, y bordeando el laurel de Manolito, se tomaba la Calle de las Escuelas hasta llegar al cruce de La Macarrina en que se giraba a la izquierda. Se solía pasar el arroyo saltando de piedra en piedra que el ayuntamiento o vecinos habían habilitado junto a la pared. Siguiendo la Macarrina y dejando a la izquierda la pequeña calle que conduce a la Panadería del Tío Juan, se llegaba a la Glorieta del Tío Quiquín para tomar la Calle de La Era y entrar en la Tasca de Ramón. Ramón Gato tenía varias actividades; la principal era la de taxista  y, por lo menos las personas del Barrio de la Era, cuando tenían que desplazarse a la capital, utilizaban de forma colectiva el taxi de Ramón, persona locuaz y educada que caía muy bien a los vecinos. Otra actividad era el cultivo de sus tierras que lo compaginaba con el taxi y a ratos y por las tardes, con el servicio de la tasca, que también era tienda como una especie de bazar, aunque fundamentalmente, durante el día la atendía Rita, (que es pariente mía), y persona, también, de muy buen trato. Recuerdo los buenos chatos de vermouth con anchoas enroscadas, sobretodo los domingos que niños y mayores disfrutaban. También hubo un tiempo en que en dicha tasca, ya entrando los años sesenta, se expendían allí cigarrillos portugueses. El café portugués se vendía en muchas casas del pueblo, pues el pequeño contrabando con Portugal daba de vivir a pequeños y mayores. La Tasca de Ramón Gato es famosa por haber habido allí una apuesta en la que Ángel “El Batallas”, también llamado “Rastrilla” por su dentadura saliente, persona famosa y allegada a todo el pueblo, pero como un palillo de fino y de no gran estatura,  en la que se comió medio kilo de tocino a dentelladas y setenta y cinco plátanos de una sentada. Salió la noticia en El Correo de Zamora y la gente estaba muy preocupada por el atracón. Sin embargo la noticia del periódico señaló que al día siguiente, antes de ir a acarrear, rellenó su estómago con un opíparo desayuno. Todas las tascas que hemos venido enumerando están en estos momentos cerradas.

            Saliendo de la Tasca de Ramón Gato  y por la acera arriba, (que no existe), a pocos metros encontramos la Tasca del Tío Ángel el Gitano. Esta tasca, como la de Ramón, era la que atendía a las gentes de la calle de la Era. Casi siempre despachaba la Tía Nati, una mujer muy buena y que andaba un poco encorvada. Era famosa la tasca por sus porrones, sus  “cacagüeses” y sus aceitunas. Estas últimas, siempre aceitunas negras, gustaban mucho a los chicos y las vendía desde a “perra chica” hacia delante. Por una perra chica solía dar cinco aceitunas. Por una perra gorda daba once añadiendo una de propina. Si comprabas con perras gordas solía la Tía Nati hacer un cucurucho con papel. Si comprabas con perras chicas te las daba en la mano. Muchas veces he visto la tasca a rebosar de gallegos y portugueses cantando al son del fole.

            Hay una leyenda, que dudo sea cierta, en la que se dice que el Tío Gachele, el carretero que vivía justo de frente a la Tasca del Tío Ángel el Gitano, solía coger la burra y allegarse al otro lado de la acera para tomarse un porrón. La burra, por cierto, la ataba a la argolla que estaba dispuesta para tal fin en la pared de la tasca y, en general, había una argolla o herradura en la pared en cada casa del pueblo para atar en las mismas a los animales cuyos dueños estaban de visita a la casa concernida.

            Bueno, por la parte arriba ya no había más tascas, salvo algún tiempo después la tasca-estanco del Tío Peña, pero ésta ya pertenece al tiempo después de acabada La Obra y el arreglo de La Cazuela, sillón en forma de laguna que está en la caída del aliviadero.

            Volvemos calle abajo a la Glorieta del Tío Quiquín y, pasando la barbería del señor Manolo y  la Botica de Don Pepe y un poco más adelante a la izquierda la barbería de Marceliano, tomando la cuesta de El Teso, dejando a un lado la Casa de Doña Floriana en la que se daban clases a niños de corta edad, llegamos al Barrio de la Carretera y entramos en el Bar de la Filita. Aquí ya no decimos tasca, pues tenía máquina de hacer café, asientos y una barra posapies. Era, realmente, un bar. Había tapas de todo tipo y se dice que era, la Sra. Filita, (o Fidita), era una excelente cocinera y una de sus especialidades era el cabrito en sus diversas modalidades. Era la Sra Filita muy simpática, su marido, por lo meno para los niños, el Sr. Juan, era más serio y, quizás, algo refunfuñón, pero no pasaba de ahí. En la parte exterior del bar había una acacia y, junto a ella, un futbolín. Ni que decir tiene que casi siempre estaba ocupado hasta el atardecer. Los niños solían ir a jugar allí después de la salida de la escuela. Tal acacia y futbolín estaban delante de lo que hoy es el edificio de Cajaespaña. Este bar pasó, con el tiempo a llamarse Bar Montesol, hoy cerrado, pero que ha durado desde su apertura, allá por años 1930 hasta los años 1994, (aproximadamente).

            Unos metros más allá, siguiendo la carretera, esta el Bar de la Montañesa. No era muy grande, pero era bar por tener, también, máquina de café. Lo solía atender la Sra. Pilar, una mujer abierta y de carácter muy simpático, incluso para los niños. Tanto en el bar de la Fidita como en el Bar de la Montañesa, solían parar los camiones de Pichel y era muy frecuentado. Años después este bar fue adquirido por una hija del pueblo y pasó a llamarse Bar-restaurante Tomasita y es el bar más antiguo del pueblo. Actualmente ha sido ampliado y hay un centro de turismo rural que es muy frecuentado, especialmente en la época estival. El Bar La Montañesa fue fundado por los años de La Obra y quedaba de frente a la serrería del constructor Redín Solana, hombre este que compaginaba varias actividades como el de la serrería, el transporte y la construcción.

            A unos metros en la misma acera estaba la Currería de los Tres Amores, donde se vendían churros y menudencias de kiosko para los rapaces. Hoy en ese lugar hay un Bar, (en estos momentos cerrado), que se llama El Café Tal.

            Allá por el año 1956-58, se abatieron todos los barracones del poblado de La Obray se construyó un poblado de lindos chalets. En la plaza del poblado, que contaba con una hospedería y un hotel, se abrió un bar social para los empleados de la empresa llamado El Casino. Este bar-casino ha estado abierto hasta, (aproximadamente), el año 2000 y ha sido regentado por diversas personas,  la última de las cuales ha sido Vicente Áñez, llamado El Cubano por haber nacido en la Perla del Caribe. Lo regentó durante muchos años, pero actualmente, por motivos de jubilación, lo dejó y ya nadie más lo ha vuelto a regentar.

            En estos momentos hay tres bares en funcionamiento que son: el Café Tomasita, el Bar de las Tres Hermanas y el Bar Alber. Otro bar que permanece cerrado y que fue el lugar predilecto de los labradores del pueblo, pero que en estos momentos está cerrado, es el Bar el Pote y su barra de verano con patio arbolado en la parte de abajo.

            Existen dos panaderías, una farmacia, un centro médico, un colegio comarcal, una piscina abierta en verano con su cafetería y otros pequeños establecimientos y organismos que podréis ver en la sección “servicios” de esta página.

            Por los años cincuenta había en Muelas del Pan cuatro tejares, Fabriciano, Ferruje, Niño y Pachaco. También había dos carreteros, Gachele y otro a la punta arriba de la Calle de la Era. Dos ebanistas llamados Pepe El Calcula y Peña. Un relojero llamado El Tío Chavol. Tres salones de Baile, Cubano, Angelito y el del Tío Tarrán. Una verdulería llamada La Chinaina y algunos otros establecimientos que ahora se me escapan de la memoria.

            Quiero reseñar que allá por los años 1954 hubo otro bar, cuyo nombre no recuerdo, pero que estuvo asentado en el lugar en que tuvo el Sr. Lalo las pocilgas. También hay que reseñar que hubo una barbería donde vivía el Tío Fariza y que regentaba el Sr. Marcelo. Lalo regentó la tienda-carnicería de la Plaza del Casino. Junto a la antigua barbería de D. Marcelo hay ahora una peluquería cuyo nombre es Peluquería Elías. También existió otra cantina por los años sesenta que era regentada por el Sr. José El Judas.

     




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